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lunes, 31 de agosto de 2009

Los plagiarios pendejos

Uno de ustedes, queridos lectores, curioso, me preguntó el método que uso para elegir el tema diario de la columna y francamente no supe qué responder, además a quién chingaos le importa lo que hago para empezar a carburar la sesera, si ni yo mismo lo sé, es decir, me siento en la silla con vestiduras de piel y descansa brazos de maderas exóticas, y no hago nada más que dejar que las estupideces fluyan por si solas, porque si las fuerzo, luego salen puros plagios como a varios de los colegas que firman lo que nunca escribieron, lo peor es que lo justifican diciendo que nada más lo tomaron prestado un ratito pero que pensaban regresarlos, además qué se ganan con eso, digo, si es por negocio pues los sueldos en ningún lado están como para andarse agenciando textos ajenos, lo más vergonzoso del asunto, es que luego los envidiosos del talento robado, se dan a la gozosa tarea de ventilar lo que se debió haber quedado en la ignominiosa complicidad de lo privado, pero es que tampoco, estos robones, son cautos, ya que se adueñan de artículos completos que publican íntegros y algunos, los más ambiciosos, se apropian de libros, y es que en su ingenuidad, consideran que como la obra circuló en Tombuctú ciudad cercana al río Niger que serpentea en el África occidental, nadie reclamará sus derechos reservados, pero lo que no se dan cuenta es que la red es mundial, y que haya gente que no tenga computadora en la colonia Solidaridad, no significa que en otras latitudes tengan hasta de a dos.
Yo no sé qué mecanismos internos se mueven para que una persona, cualquiera que sea, tome lo que no es suyo, digo, eso es más viejo que caminar para adelante, pero no puedo imaginarme siquiera que algún integrante de academia o taller literario pueblerino, presente como suyos, los poemas de Xavier Villaurrutia, además a quien quieren engañar, está bien, demos por hecho que sus compañeros y hasta los miembros del jurado, no conozcan la obra del poeta mexicano, que junto a Salvador Novo y Torres Bodet conformaron una poderosa tríada intelectual ya que anduvieron juntos desde la Escuela Nacional Preparatoria, y dicen, a mi no me consta, que todavía no me daba por haber nacido, a los tres alegres compadres, les encantaba batir chocolate con los codos, aunque el más descarado que no el más destacado, fue Nalgador Sobo, que así le decían los huercos para pavimentar caminos sexuales con el exquisito bardo, que ése nunca tuvo empacho en declarar lo que era obvio, y les juro por el Beato Carlos que me duele la chompa nada más de imaginarme la escena, en que un sencillo poeta de nuestro solar, se firme aquello de Villaurrutia: “Amar es no dormir cuando en mi lecho sueñas entre mis brazos que te ciñen, y odiar el sueño en que, bajo tu frente, acaso en otro brazos te abandonas”, y que a uno de los jueces, azorado, se le pongan los ojos de plato al percatarse de la factura universal de la obra, y en el radar continuo de la mirada, lea: “Amar es escuchar sobre tu pecho, hasta colmar la oreja codiciosa, el rumor de tu sangre y la marea de tu respiración acompasada”, a este punto del poema, ya ni siquiera puede sostener la emoción de que un lugareño cualquiera haya sido capaz de prodigio semejante y surge la envidia: ¿cómo no fui yo al que se le ocurrió esto? Ya para ese momento, la lectura es cadencia espiritual: “Amar es absorber tu joven savia y juntar nuestras bocas en un cauce hasta que de la brisa de tu aliento se impregnen para siempre mis entrañas”, pero aún en el éxtasis por la admiración ante lo que disfrutan, surge la duda de qué algo le hace falta y si acaso en lugar de poner savia hubiera colocado labia o babia, se transformaría el mensaje para darle rotundidad, y sigue leyendo: “Amar es provocar el dulce instante en que tu piel busca mi piel despierta; saciar a un tiempo la avidez nocturna y morir otra vez la misma muerte provisional, desgarradora, oscura. Amar es una sed, la de la llaga que arde sin consumirse ni cerrarse, y el hambre de una boca atormentada que pide más y más y no se sacia. Amar es una insólita lujuria y una gula voraz, siempre desierta. Pero amar es también cerrar los ojos, dejar que el sueño invada nuestro cuerpo como un río de olvido y de tinieblas, y navegar sin rumbo, a la deriva: porque amar es, al fin, una indolencia”.
Hacia el final del poema, el juez calificador de cuya decisión inapelable se amparan los sueños de los creadores, hasta de los plagiarios como éste, lo declara absoluto ganador del certamen, pero en el fallo se filtra implícito el deseo singular del conocedor que elige y premia.
¿Tiene más poemas como este? Y el excelso artista, triunfador del concurso, con la cara arrebolada por el orgullo, le contesta, ufano: “en mi casa tengo el libro completo de donde lo copié”. Entre plagiarios pendejos te veas. Ya dije.

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