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viernes, 26 de agosto de 2011

Periplo capitalino

Acabo de estar de visita en la ciudad de México, y es que, siempre he corrido con la suerte del pobre con amigos ricos, que en no teniendo dinero para solventar gastos onerosos, mucho menos, tratándose de eventos para solaz y esparcimiento, pues me invitan con todo pagado, tal vez, como están enterados que no me gusta ni fumar, ni tomar, de mi bolsa, se ofrecen con agrado a convertirse en mis patronos de diversión, bueno, para no hacerles el cuento largo, ái me les voy al D. F, que dentro de todo su caos, sigue siendo una metrópoli estupenda, con chingos de smog y un animalero en las calles que hasta susto da, a lo mejor nunca les he confiado que algún día, hace muchos años, fungí como co editor de una revista especializada en arquitectura, y la oficina donde se despachaban todos los asuntos editoriales de dicho magazine se encontraba en la exclusiva zona de La Condesa, así que, lógicamente, habiendo sido esos mis antiguos correderos, conozco el rumbo como la palma de mi mano, total, que al apearnos del avión, lo primero que les dije a mis patrocinadores, los voy a llevar a conocer el histórico local en el que trabajé por varios años, ya saben ustedes, queridos lectores, como son nuestros paisanos que no han viajado más allá de Anáhuac y la presa don Martín, rancherotes y palurdos, por tanto, no tuve que hacerles manita de puerco para que se dejaran guiar a la tierra prometida del desmadre y el desenfreno, dicen que en tierra de ciegos, el tuerto es Roberto, tampoco quiero decir que soy un experto cicerone, porque estaría incurriendo en una mentira, no poseo más información que la de cualquier simple mortal, solamente que si mis compadres no saben cruzar las calles de una gran urbe tan transitada, no les quedaba de otra que llevarme a la vanguardia de la fronteriza comitiva, para que no los fuera a machucar uno de los camionsotes de doble remolque que circulan por paseo de la Reforma, al que, en tiempos de Maximiliano, se le bautizó con el lambiscón apodo nominativo de “Paseo del Emperador”, y es que, esa era la brecha por donde Su Gracia se trepaba al castillo de Chapultepec, claro que, en esa esplendorosa época, por suerte, aún no le había dado por nacer a don López Obrador, así que, aun no se suscitaban los plantones muchedúmbricos de desarrapados zurdos, en fin, que estando en La Condesa, nos fuimos a comer a Mamá Rosas, conste que no es albur, sino que así se llama el restaurante italiano, yo pedí una pasta a los cuatro quesos y mis amigos unos taquitos de raviolis, en ese punto, estuve a un segundo de salirme corriendo para no pasar ese trago amargo de la vergüenza, pero como la única tarjeta que llevaba era la del Guardadito de Elektra, respiré profundo para tranquilizarme, terminando de comer, los pasee, sin correa, por las callecitas del pretencioso rumbo, entramos a todos lados con el permiso de los empleados, que nos miraban con curiosidad extrema, quizás, pensaron que éramos enviados especiales de alguna mafia norteña, y es que, por más que les dije a todos, no se vayan vestidos como vocalistas del grupo Los Huracanes del Norte, sino como la gente decente, pero ni caso me hicieron, los chilangos afrentosos han de haber pensado que íbamos a tocar en un baile de rodeo, por supuesto que yo era el único que llevaba pantalón de vestir y camisa planchada, entrada la noche, se nos unió un amigo cercano al que le había avisado que estaría de visita en la ciudad, y nos invitó, al Artic Bar, lugar en el que conoce al gerente, porque no dejan entrar a cualquiera, mucho menos, con la vestimenta vernácula de mis acompañantes, no quiero ser hulero con ustedes, pero si se quieren enterar de la aventura completa en este singular antro, no dejen de leer la columna del lunes (o del martes), les aseguro que se van a quedar con el ojo cuadrado cuando les narre lo que observé en este lugar construido con puros yelitos, así que guarden cinco pesos desde orita para que adquieran su ejemplar de Líder Informativo en cualquier Oxxo y otras tienditas de conveniencia, por favor, no me mienten la de menta, por dejarlos en este tenebroso suspenso, dicho lo cual, hasta entonces.

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