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miércoles, 16 de diciembre de 2009

Las Criadas


Las nanas son la alegría del hogar, ya que no solamente se dedican al cuidado de los niños, sino que atienden todas las necesidades de la casa, y en Laredo, como en cualquier parte del mundo, pero especialmente en América Latina, son una pieza clave para el desarrollo armónico del ámbito doméstico, claro que me refiero a las sirvientas que son muy chambeadoras, porque hay unas que le piden permiso a una pata para mover la otra, y como decía mi tía Concha: “amargan de huevonas”, por suerte esas son las menos, ya que todas las “muchachas” que se alquilan para el servicio tienen que andar muy movidas para que el tiempo les alcance y poder hacer el “quehacer” completo.
El director chileno Sebastián Silva está nominado con “La Nana” a la mejor cinta extranjera en el marco de los “Golden Globes”, para quienes no lo saben, los globos de oro son los “Oscares” europeos, sólo que dicha premiación se lleva al cabo a principios de año, y claro que el tema es muy singular, porque se dota a la película con una historia de línea simple pero cargada de la ambigüedad emocional de la familia rica hacia la sirvienta, que dicho sea de paso, siempre ha sido considerada como un miembro más de la parentela, aunque la verdad es que dentro de los roles jerárquicos sigue siendo una vulgar empleada, si se quiere, de confianza, pero una criada a sueldo, a la que se le designan tareas que parafraseando a Fox; “ni los negros quieren hacer”.
El término “criado” suele utilizarse en un tono grosero, pero en los tiempos antiguos, digo, no de hace miles de años, me refiero a la época de la colonia y un poco más adelantito en el tiempo, cuando los dueños de las haciendas eran señores de horca y cuchillo con derecho de pernada, se acuñó para referirse a las personas que servían dentro de la casa de los patrones, porque no habiendo otra posibilidad, los opulentos aristócratas, disponían cuartitos en sus señoriales mansiones para alojar a la gente que los servía, es decir, eran criados con derecho a caso, comida y sustento, con todas las prerrogativas de ley, pero como la ley se imponía al interior de esas jaulas de oro, resultaba que sus jefes los mantenían con el alma uncida al cuerpo, con la certeza de que así disponían de esclavos las 24 horas del día.
No ha cambiado mucho el esquema, las sirvientas, siguen siendo tratadas con la misma ambigüedad emocional, las refunden en un cuartito jediondo donde muy apenas cabe una camita, una cómoda, una tele chiquita y sus piojos, les dan de comer lo que sobra, o a veces ni eso, porque yo sé de muchos casos en que las viejas popofonas muy católicas y persinadas, les compran una tapa de huevos, dos kilos de frijoles y tortillas de maíz duras para toda la quincena, claro que no todos los casos son así, hay algunas patronas que hasta les compran pizza y las dejan salir un día a la semana para que se vayan a orear a la plaza Hidalgo.
Yo he sabido de historias en las que las nanas, esas que crían a los huercos, han sido tratadas con homenajes de generación en generación, digo, así como hay unos casos patéticos en los que las sirvientas son peores que perros, también tengo que ser justo en señalar que muy a pesar de que los patrones las hayan querido sustraer del cariño de sus hijos, luego de sus nietos y así, hasta llegar a la séptima camada, no han podido quitarles los galardones que se han ganado las criadas con sus vástagos que han cuidado con esmero, amor y diligencia, incluso, en su vejez les han prodigado atenciones dignas de reinas rodeadas de lujosas comodidades hasta su muerte.
El domingo daré cuenta de la película chilena nominada a los globos de oro, porque esta columna ya se me terminó y no les platiqué nada acerca del tópico con el cual empecé, perdón, queridos lectores, pero ya saben que mi pluma se mueve sola.

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