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jueves, 31 de marzo de 2011

Mi abuelo Pancho

No crean, queridos lectores, que mi animadversión por el padre, es de a gratis, ya sé que si cuento mi versión de los hechos, los defensores del católico recuerdo del santón paisano, van a decir que no soy hijo de mi mamá, sino de otra señora, pero ni modo, tendré que hacer de tripas corazón y soportar las andanadas de mentadas que seguramente se me vendrán encima, ya se sabe que el que lleva se aguanta, que al cabo, sus maldiciones, no hacen mella en el candor del alma mía, así que, como quiera les platicaré lo que mi sacrosanta progenitora, tuvo a bien confiarme, en uno de esos raptos de sinceridad que tanto me gustaban, resulta que en aquellos años en que el sacerdote era el cacique espiritual de la comarca, mi abuelo Pancho Alonso Valdivia, que tenía nombre de héroe medieval, era uno de los comerciantes más prósperos del rumbo; vendía de todo un poco, desde frutas, legumbres, abarrotes, forrajes, granos y aperos de labranza, es decir, tenía en las venas un amasijo de sangres, por una parte, circulaba por su grandioso ser, la herencia genética de su mamá española, y ya se sabe, que los peninsulares son capaces de vender su alma al diablo, aunque no valga ni dos pesos, además, de su padre negro haitiano, heredó su gran capacidad de trabajo, con ambas cualidades, muy pronto amasó una considerable fortuna, pero sobre todo, labró lo que, ahora no se puede ver, ni en una telenovela de las cuatro de la tarde, su prestigio de hombre de bien, decente, honesto, responsable, es decir, de un hombre de verdad, no como los de ahora, que dicen una cosa en la mañana y en la noche cambian de parecer como la veleta al contacto con el viento.

Don Pancho Alonso Valdivia, a base de trabajo forjó una serie de negocitos, pero el mayor de sus caudales, era su PALABRA, es decir, que sin firmar un solo papel, los proveedores de todas partes del país, le fiaban furgones completos de los productos que él quisiera vender en sus crecientes afluentes de víveres para surtir a pequeños establecimientos, que sin su ayuda, jamás hubieran prosperado como después lo hicieron, incluso, surtía a hombres con sendas canastas repletas de todo género de comestibles para que se fueran a la calle a ofrecerlos casa por casa, de hecho, yo me asomé a unas viejas libretas, en las que aparecían miembros de connotadas familias del globero pueblo, de esos que se las dan ahora de alta alcurnia, prosapia y linaje, bueno, pues de esa fuente bienhechora, que parecía un filón inagotable, mi abuelo, entregaba al santón una remesa semanal de los mejores ejemplares de sus repletas bodegas para que el padrecito se levantara el cuello, diciendo que él era el magnificente benefactor de los huérfanos, de las viudas y de los pobres, que de sus beatificas manos, procedían los bienes, que gracias a él, se sostenían los asilos de niños y de viejitos buenos para nada, claro que, dado el tren de generosas dádivas, aunado a los malos manejos de algunos de mis tíos, además de que, don Pancho era muy viejero, pues, poco a poco, se le fue acabando la riqueza amasada con gran esfuerzo de trabajo honesto, ya pobre, muy enfermo y sin una pierna, se fue a las calles con una carreta jalada por dos caballos para empezar de nuevo, pero minado, desgastado y con sus días contados, quedó postrado en una cama, a punto de entrar en agonía, le solicitó a mi abuela Elena, que le hablara al padre para que le otorgara los viáticos espirituales para morir en santa paz, súplica que fue desoída por el cabrón del sacerdote, ya que, como era su costumbre, de andar de lambiscón con los poderosos, se encontraba en una entrevista con el gerente de un banco para solicitar créditos con los que podría financiar sus múltiples obras pías. Mi abuelo murió en olor de santidad, porque uno de sus deberes cristianos fue cumplido con creces; dar de comer al hambriento. Dios, el único que da y quita, le otorgó una muerte justa por sus merecimientos en la tierra. El sacerdote, ya está juzgado por el Altísimo, que en paz descanse, en su atalaya de mentiras. Esa es la historia.

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